1 Dec

La premisa general del cine de terror es sencilla: dar miedo. Conseguirlo ya es más difícil. En los tiempos que corren, y con una sociedad cada día más escéptica, la mejor manera de acojonar al público es con lo que no vemos. Eso debe ser lo que pensó Oren Peli cuando decidió juntar quince mil dólares, alquilar una cámara y montarse Paranormal Activity, una de las películas más rentables de la historia.
La cinta de Peli gira alrededor de una pareja y el ente sobrenatural que los acecha. Él va de tontito yanki y ella es la cachonda de grandes pechos, los clichés que no falten. Junto a todos ellos está la omnipresente cámara de video con la que el director ha pretendido “llegar al público” y que, para mí, es el mayor error de la película. A mí me encanta el formato casero, pero no es lógico que si tu novia ha desaparecido en tu casa encantada te dediques a buscarla y hablarle cámara en hombro. Si llegados a este punto no nos creemos la historia difícilmente conectaremos con ella.
Katie Featherston y Micah Sloat son los protagonistas absolutos de la cinta, elegidos, según Peli, por su interpretación tan realista. ¿En serio? Porque cada vez que vi a Featherston taparse la boca con las manos en señal de sorpresa sólo podía pensar en que sus tetas se veían más grandes. Además, la mayor parte del metraje consiste en la pareja hablando, de día, sin ningún tipo de acción y sin que nos importe una mierda lo que dicen.
Paranormal Activity tiene buenas intenciones: la visión nocturna siempre tiene su aquel y nunca llegamos a ver al ¿espíritu?. Pero una servidora vivió en su momento el chascazo de El proyecto de la Bruja de Blair y ya no cae en la trampa de las millonarias recaudaciones yankis, prefiero consagrar mi autosugestión a otros fines.
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