Avatar

Este fin de semana la cartelera ha celebrado mi fin de exámenes estrenando la película que cambiará el rumbo del cine, ‘Avatar’, y el tercer largometraje de mi queridísimo Spike Jonze, ‘Donde viven los monstruos’. ¿Una locura estrenar el mismo día que ‘Avatar’? Puede ser, pero las salas llenas de Cameron seguro que filtraron más de un espectador.

El viernes nos fuimos a ver ‘Avatar’, que con el frío que hace mejor que esté la sala llenita. He de decir que salí razonablemente satisfecha, ya que todo lo que tiene de predecible también lo tiene de entretenida, y 161 minutos son muchos minutos. La película se podría dividir en dos partes: la tecnología y la trama. En la primera, el señor Cameron nos presenta Pandora, con sus lucecitas y animalitos, y nos demuestra que es en 3D: ahora te apunto con una flecha, después te tiro una pelota de golf, cuidado que muevo la cabina de Sam Worthington… Ya en la segunda viene el grueso de la historia, donde Cameron el escritor nos confirma que se leyó bien el manual de hacer guiones. No se deja ni un detalle: la traición, el discursito motivacional, los gritos de guerra, la llamada a otros clanes, la llegada de los Rohirrim… Eso sí, con un par de simples cambios podía haberle dado algo de drama al final y no lavarse las manos en cinco minutos a correr, que es el regustillo que deja.


¿Sobre los efectos especiales? Me dejaron maravillada las facciones de los Na’Vi. La naturalidad de los rostros y expresiones de Jake y Neytiri es fascinante, pero aún lo es más en el caso de la doctora Grace Augustine, ya que su versión azul es desconcertantemente parecida a la actriz que la interpreta, Sigourney Weaver.

En definitiva, ‘Avatar’ es tan plana y previsible como parece. Sobre este tipo de blockbusters suelo decir que vista una vistas todas, pero al menos es entretenida las más de dos horas que tiene de duración, que no es poco. Eso sí, conmigo no conteis para repetir.

Donde viven los mosntruos

El sábado tocó la particular versión de Spike Jonze de ‘Donde viven los monstruos’, ya que el cuento de Maurice Sendak no tiene demasiado material que adaptar. Al señor director de ‘Cómo ser John Malkovich’ no le pone tanto la tecnología y se ha gastado 100 millones de dólares (yo también pienso que son muchos millones) en reventar árboles y estructuras de paja y, sobre todo, en mucho pelo. Carol y compañía son unos monstruos 100% auténticos, con sus pelos, narices, cuernos y plumas muy bien colocados. Quién me diera uno para poder achucharlo. Pero estos monstruos no son buenos, ni tampoco malos, son comos las personas, que todos tenemos nuestras cosas.

Max escapa de su casa, donde ya no le hacen todo el caso que le gustaría, para reinar entre los monstruos de Sendak. Sin embargo, los monstruos también tienen problemas, algunos sienten ira por verse desplazados, a otros nadie les hace caso e incluso uno sólo espera que le digan que algo se le da bien. Y a Max le pasa lo que a todos, que sólo nos damos cuenta de las cosas cuando las vemos desde fuera.

Jonze se marca así una historia realmente particular, lejos de la imagen infantil que ofrece y que, como el resto de su filmografía, es cuestión de gustos. Tras muchos meses esperándola me dejó una sensación muy diferente a la que tenía en mente, más triste y oscura de lo que vaticinaba aquel tráiler al ritmo de Arcade Fire, pero más satisfecha.

Ojalá todos tuvieramos una isla llena de monstruos para mostrarnos lo que hacemos por el mundo. Más de uno seguro que no se dignaba a volver.